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Terra
La Coctelera

En la guerra no todo vale

Asoman las primeras luces del alba y se abren paso entre las casas semidestruidas de barrios azotados por la sinrazón de la guerra y la religión. Amanece en Bagdad y los primeros rayos de sol entran en el barrio de Al-Mansur. Ni siquiera llaman a la puerta, no piden permiso para entrar, simplemente se cuelan por los boquetes de metralla, serpentean entre hierros y rocas que horas antes apuntaban al cielo. Unos rayos que son incómodos invitados a la macabra sesión que ha de comenzar.
Estaba escrito que Karim esa mañana vistiese sus mejores galas. No le hubiera gustado que fuera así, pero alguien lo había descrito así. Debía guardar las apariencias incluso minutos antes de su muerte. Alguien había escrito que fuese con las primeras luces del alba.
A Karim le alegraba que, ni siquiera en su ejecución saliesen bien las cosas; 'estoy ganando una batalla incluso en el momento de morir' pensaba. Aferraba sus huesudas manos en una edición antigüa y harapienta del Corán. Repetía para sí una y otra vez esos versos que le habían acompañado durante toda su vida. Esos versos en los que se refugió para explicar lo inexplicable. Atravesaba el angosto pasillo que le llevaría directamente al cadalso, al frente una minúscula ventana dejaba ver que ya Bagdad había despertado; a su espalda, como dos matarifes, sus verdugos impolutamente vestidos de blanco, con una capucha negra que ocultaba su cobardía y su culpabilidad. Lo posaron frente a la minúscula ventana con las manos anudadas a la altura de su cintura. Entre ellas sobresalía el Corán. Empezaba a temblar. Se esperaba esto, sabía que el miedo acudiría a su cita; pero en el fondo se enorgullecía de que sólo asistiese a sus últimos minutos.
Los rayos de sol se posaban en su cara, seguía rezando, intentaba mirar más allá de la ventana, evadirse, intentar escaparse con los rayos de sol. No podía ni siquiera aislarse de lo que pasaba. Un juez le estaba leyendo su sentencia, moriría al alba ahorcado como condena de sus actos 20 años atrás. Entonces su verdugo le pasó la soga por el cuello. El miedo se había apoderado de su cuerpo, cada vez le resultaba más difícil contenerlo. Estaba todo a punto, de un momento a otro acabaría todo, pero quería saber cuándo. Seguía orando, esta vez en voz alta. No se oía, lo único que oía eran gritos de júbilo y burla por su ejecución. No quería defenderse, estaba indefenso con una soga al cuello y sólo un Corán como única arma; quería escaparse, ser rayo de sol y salir por esa ventana que tenía enfrente. No podía, estaba escrito que esa mañana tenía que morir.
Un golpe seco anunció el momento, el cadalso se abrió. Karim seguía orando cuando escuchó un golpe seco, un crujido como de una rama seca al quebrar cuando la pisan. Era su cuello. Seguía vivo, pero con el cuello roto. Era cuestión de segundos que su corazón dejase de latir. El miedo había desaparecido, era tan cobarde como su padre le dijo años atrás. Sus ojos miraban los rayos de sol, su pensamiento estaba en el Corán. Sus ojos iban cerrándose, cada vez veía más lejos esos rayos de sol. Para él estaba anocheciendo en Bagdad. Se alejaban, eran insignificantes puntos en la distancia.
Súbitamente no pudo seguir orando y se plegó a los deseos de la dama negra, cerró los ojos y dejó que ésta la llevase al encuentro de los rayos de sol.

Mi particular alegato contra la pena de muerte

Alivio de luto

Me apetece señalar con el dedo. Y me apetece escupir a los hipócritas, me apetece humillar a los traidores y necesito culpar a alguien. Pecaré de rebelde, inconformista, asesino para algunos, visionario para otros. No me callaré mi rencor ni mi odio, porque me han quitado lo que más anhelaba, porque han cortado las alas de la ilusión.
Me apetece mirar directamente a los ojos a alguien y decirle 'tú eres el hijo de puta que me has fallado, tú eres el único culpable de mi situación'
Me apetece gritar e incluso dar una paliza a ese político engreído que se escuda en motivos morales para no manifestarse contra el terrorismo. Me apetece cagarme en la madre de ese otro político que no tuvo coraje de hablar e intentar buscar una solución, me apetece humillar a ese miserable político que sólo exigía gestos sin ofrecer nada a cambio. Me apetece preguntar ¿por qué?. Me apetece ser profesor por unas horas y explicarles a muchos hipócritas que democracia significa diálogo y negociación.
Coartáis las alas de la libertad amparándoos en vuestros impolutos y lujosos trajes y corbatas; y encima tenéis valor de culparme a mí, simple ciudadano de primera para unos, de tercera para otros. Decís que negociáis y lo único que hacéis es imponer vuestras opiniones sin importaros lo utópicas e irrealizables que son.
Me apetece señalar con el dedo y decir que la culpa del atentado del pasado 30 de Diciembre es de todos y de pocos.
Me apetece señalar con el dedo y decir "A vosotros miserables carroñeros, ni perdono ni olvido"